Esta es la fantástica historia ocurrida en la comunidad de Zoópolis, tierra de verde y enmarañada vegetación, de serpenteados ríos, agobiante sol y abundantes recursos. El territorio era gobernado por Lotar, el otorongo, quien después de cinco años de tiránico gobierno y popular descontento, aspiraba a la reelección. Lo acompañaban en su desesperado intento los montaraces sajinos, las feroces huanganas y los obesos ronsocos, todos ellos formaban parte de un grupo corrupto, que aspiraban al cargo de ministros.También estaban con Lotar los voraces caimánes, las rastreras boas, las montoneras pirañas y toda clase de ponzoñosas alimañas, ellos no constituían mayoría en Zoópolis, pero eran mercenarios serviles dispuestos a lo peor con tal de conservar sus privilegios. El dictador gobernaba con la fuerza, sólo le interesaba su insaciable sed de poder, sin importarle la sufrida población de la selva.
Pese a la dictadura ,a la represión y a la permanente actitud de amedrentamiento de Lotar y sus lacayos, existía en Zoópolis un grupo de opositores que soñaban con un cambio y veían en las futuras elecciones una oportunidad de concretar sus deseos de elegir un gobierno democrático, uno de esos honestos ciudadanos era Demóstenes, el guacamayo, quien arengaba a sus seguidores planteándoles sus futuros proyectos, Demóstenes hablaba desde los ramajes de las palmeras, lo escuchaban en la frondosa selva ,los despaciosos perezosos, los impasibles quirquinchos y las añosas tortugas, Lotar sabía que Demóstenes no era un adversario de temer, estaba seguro que el verdadero enemigo era Juaneco, el maquisapa, quien era conocido en la jungla por su respeto a las leyes, su capacidad de trabajo, su espíritu de justicia y su prudente hablar.Juaneco tenía la visión de una selva diferente con uso racional de los recursos y beneficio para todos, había visitado las recónditas cochas viendo el penar del depredado paiche, en los parajes inaccesibles de la inmensa selva, vio al perseguido añuje y a la pacífica sachavaca, casi en extinción. En esos escondidos lugares de la llanura amazónica escuchó el quejido del paujil, observó a los amenazados gallitos de las rocas, a las garzas rosadas, así como conoció el clamor de los manatíes y de los delfines de río. Juaneco amaba la selva y la selva lo sabía, esa era la pesadilla de Lotar.
El día de la votación estaba cerca, presidía el Gran Jurado de Elecciones,el hermano Búho, elegido por su sabiduría y su insobornable honestidad; ni las intimidaciónes, ni las dádivas, ni la hipócrita amistad de Lotar lograron corromper al venerable anciano. La suerte del tirano estaba echada, él sabía que sus posibilidades de continuismo eran nulas, por ello su mente maquinaba una pérfida solución: la eliminación de sus rivales. Primero pensó en Demóstenes, un sospechoso incendio en el árbol que le servía de morada puso en evidencia los propósitos del dictador. Por suerte aquella noche pudo escapar y salvar su vida. Demóstenes entendió el mensaje y pretextando motivos de salud se alejó de la contienda
Juaneco comprendió que Lotar también trataría de eliminarlo de la contienda electoral y de lograrlo se quedaría con el poder. Juaneco ante lo inminente se mantuvo a la defensiva. Trancurrieron algunos días, Lotar proseguía con su campaña de promesas a los débiles de convicción y de terror a sus oponentes. Solo faltaba una semana para los esperados comicios. Esa mañana Juaneco abordó su largo peque-peque para visitar al majaz y al mono aullador que habitaban a la otra orilla de la gran cocha. En la espesura de la selva Lotar y sus cómplices terminaban de armar su trampa, muy a propósito, con grandes troncos habían bloqueado el ingreso de la corriente del río a la laguna y esperaban un
El día de la votación estaba cerca, presidía el Gran Jurado de Elecciones,el hermano Búho, elegido por su sabiduría y su insobornable honestidad; ni las intimidaciónes, ni las dádivas, ni la hipócrita amistad de Lotar lograron corromper al venerable anciano. La suerte del tirano estaba echada, él sabía que sus posibilidades de continuismo eran nulas, por ello su mente maquinaba una pérfida solución: la eliminación de sus rivales. Primero pensó en Demóstenes, un sospechoso incendio en el árbol que le servía de morada puso en evidencia los propósitos del dictador. Por suerte aquella noche pudo escapar y salvar su vida. Demóstenes entendió el mensaje y pretextando motivos de salud se alejó de la contienda
Juaneco comprendió que Lotar también trataría de eliminarlo de la contienda electoral y de lograrlo se quedaría con el poder. Juaneco ante lo inminente se mantuvo a la defensiva. Trancurrieron algunos días, Lotar proseguía con su campaña de promesas a los débiles de convicción y de terror a sus oponentes. Solo faltaba una semana para los esperados comicios. Esa mañana Juaneco abordó su largo peque-peque para visitar al majaz y al mono aullador que habitaban a la otra orilla de la gran cocha. En la espesura de la selva Lotar y sus cómplices terminaban de armar su trampa, muy a propósito, con grandes troncos habían bloqueado el ingreso de la corriente del río a la laguna y esperaban un
brusco desembalse, la inusitada crecida de las aguas arrastraría a Juaneco. Lotar al acecho acariciaba su ruin plan, aguardando en silencio el fatal desenlace. Pasaron algunos largos minutos y el impaciente otorongo se preguntaba por qué la embarcacion de Juaneco tardaba tanto ,acaso algo estaba fallando. Su maldad le impidió resistir más, él y sus secuaces salieron de los matorrales acercándose al artificial dique, en esos momentos la presa no resistió y estalló, el inmenso torrente cayó sobre el malvado y sus compinches arrastrándolos entre troncos, lodo y piedras. La avalancha fue fatal. Los aliados del mal desaparecieron para siempre. Entretanto, Juaneco alertado por unos piguichos se puso a salvo. El resto de la historia es feliz, Juaneco, el maquisapa, invita a sufragio a la ciudadanía de la selva y en libres elecciones es elegido gobernador de Zoópolis, su mandato fue justo y próspero marcando en la selva una era de bienestar.