miércoles, 23 de diciembre de 2020
ARTÍCULO/ HISTORIA DE NAVIDAD
miércoles, 16 de diciembre de 2020
ARTÍCULO/ SUIZA.
lunes, 14 de diciembre de 2020
LA CALLE/ CUENTO.
LA CALLE
Mi nombre es Carlos, aunque los que me conocen de siempre me dicen Calicho.Nunca supe la razón del apelativo, pero me imagino que fue para evitar la confusión ya que mi abuelo y mi padre también tenían mi nombre. Mi barrio siempre ha sido el distrito de La Victoria,, es una zona muy popular y presumo que por el carácter de su gente,sus tradiciones, y su dinámica social multiétnica , se le conoce como" la Rica Vicky". Durante la década del 60 ,corrían mis años de mozalbete y la inquietud natural de esa edad me llevó a explo- rar el mundo desconocido fuera del callejón que me vio nacer. La necesi -dad abre puertas y los mandados de mi madre me enseñaron nuevos ca- minos.Así conocí la tienda de abarro- tes, la lechería adonde llevabas tú porongo para que con medida te vertieran la leche fresca,también iba a la panadería del japonés y la verdu- lería de Don Juan Cangalaya, todo estaba cerca,era un pequeño mundo alrededor de la 4ta de Raimondi. No obstante, mi ingreso a la secundaria me permitió ampliar mi perspectiva callejera. Tenía once años. Ahora ca-minaba hasta el Paseo de La Repú- blica frente a Radio Victoria y al Parque La Cabaña, ahi tomaba el tranvía eléctrico que me llevaba al colegio, aún no se construía la Vía Expresa. Dicho viaje me permitía conocer nuevos lugares aunque solo de pasada, además la experiencia estudiantil hizo que mi mundo creciera en todo sentido.El tiempo transcurría inexorablemente, como no habia TV, nuestro entretenimiento en casa eran los programas radiales infantiles. Mi madre escuchaba "El Derecho de Nacer ", ella adoraba al personaje central Alberto Limonta al cual nunca vio pero la atraía su melo- sa voz, al terminar su radionovela, mi vieja me daba permiso para escuchar el western "Poncho Negro", programa preferido de todos mis amigos de la vecindad, después de escuchar trotes y balas radiales iba a resolver mis tareas del colegio, mi madre con el rabo del ojo estaba siempre viendo el cumplimiento de mi sagrado deber. Con el tiempo mis padres consintieron que los sábados y domingos fuera a jugar en la acera de la cuadra con la "patota" del barrio, aunque habían limitaciones, pues estaba prohibido ir al barrio Rojo que quedaba a una cuadra y al que llamaban Huatica. Los días libres nos reuníamos para hacer correr las bolas y embocarlas en los "ñocos"; ahí bailábamos los trompos para tronarlos entre sí y llevarlos a la cocina del juego. La orilla de la calle era el escenario perfecto para jugar "la canga", "el mundo" y "el culebrón". Algunas veces las vecinas echaban agua al piso de la acera para frustrar nuestra diversión, porque según ellas el alboroto rompía su paz. Ese era nuestro festivo trajinar. Por cierto, gran parte de la tarde y también de la noche la dedicábamos a la "pichanga pelotera". En aquel entonces los carros asomaban de vez en cuando, así que el balón discurría a todo dar, sin embargo, nuestra mayor preocu -pación era la llegada de los" tombos" quienes nos correteaban para quitar- nos la pelota y evitar el juego en la pista, que decían era prohibido. La verdad es que ignorando cualquier riesgo la "collera", estaba dispuesta al inicio del partidito, todo estaba acondicionado en la cancha pistera, ladrillos servían de arcos, jugába -mos con pelota de trapo,sin réferi, todos corriendo dentro de demarca -ciones imaginarias, eso si, jugando con lealtad, fraternidad y amor propio. Los más diestros con el balón estaban en equipos diferentes,ellos regían y armaban sus equipos para comenzar la "pichanga" que fue nuestro juego preferido y nos marcó de por vida,porque el juego también nos sirvió para aprender que se puede ganar y perder. Ya en la noche ,terminada la faena, íbamos al caño que tenia el callejón y nos lavábamos para poder ingresar a nuestras casas y recibir la acostumbrada monserga materna. Ahí estaban mis amigos, Aguadito Torosentado, Pesadilla, El Flaco Delfín y Ojoñahui, con ellos desperté de la inocencia puber, con ellos, aprendí a jugar con trompos, bolitas, chapitas y pelotas de trapo ,así en el bullicioso vecindario junto al cine Splendid, dimos los primeros pasos en aquello que la gente entendida dice "calle".
CRÓNICA /PARA NO RECORDAR.
sábado, 12 de diciembre de 2020
EL HALLAZGO/CUENTO.
EL HALLAZGO
Santiago es un pequeño niño que vive en el Puericultorio Pérez Araní- bar en el distrito de Magdalena, es uno de los tantos huérfanos alojados en ese orfelinato que perdieron a su familia en la sangrienta guerra civil que convulsionó a nuestro país en la década del 80. Lucanamarca, su pueblo natal en el departamento de Ayacucho fue asaltado la noche del 3 de abril de 1983 por pandillas sub- versivas de Sendero Luminoso, los sorprendidos comuneros fueron reunidos en la plaza principal y fueron acusados de haber matado a un líder senderista, además de colaborar con las autoridades del gobierno, por ello fueron ejecutados sumariamente a machetazos. Los cadáveres de 69 personas fueron enterrados en una fosa común en una quebrada cerca del Rio Churmi. Pocos se salvaron de la masacre,en la madrugada cuando llegaron las fuerzas policiales encontraron al pe- queño Santiago que había sido es- condido por sus padres entre unos matorrales, había sobrevivido a la matanza terrorista. Aún con la con- moción, el niño fue traído a la capital en avión internándosele en el citado hospicio de la Av. Del Ejército con la idea de una crianza protectora, que siguiera estudios y quizás fuese adoptado por alguna familia. Santia- go creció entre la frialdad de los profesores y tutores,así como con el mecanizado afecto de las damas voluntarias.
Todos los jueves llegaban las visitas al albergue ,el ,inmenso patio se con- vertía en un lugar de gran algazara donde se juntaban niños,familias y padrinos ; en un rincón Santiago se- guía esperando a sus probables pre- ceptores que nunca llegaban. Tal vez su esmirriado cuerpo,,su natural mu- tismo o su perenne tristeza lo hicie -ron inelegible.Así pasaron algunos años. Cierto día, saliendo del come -dor institucional, al bajar por las es-caleras observó como una elegante señora resbaló entre los peldaños, dándose un golpe que le hizo perder el conocimiento,Santiago se apresu- ró a socorrer a la dama, la recostó contra la pared y pidió ayuda que no tardó en llegar. Carmen Málaga era el nombre de la accidentada señora, ella era la abogada de la institución y estaba ahí , sentada en el piso reco- brándose del golpe sufrido y agrade- ciendo al niño por su ayuda tan opor- tuna. Desde aquel incidente Santiago recibió la visita semanal de la letrada quien le tomó al niño un especial afecto.Así ella conoció la triste historia del pequeño huérfano que lo ligaba a los fatídicos días del terrorismo en nuestros pueblos andinos.El niño por cierto en su encierro tutelar ignoraba de muchos hechos que la doctora se encargó de investigar hasta encontrar la verdad de lo ocurrido.
Un jueves de visita el Director del Puericultorio llamó a Santiago para que se presentara a su Dirección ,al ingresar al amplio salón se encontró con la Dra. Málaga quien dirigiéndose a él le dijo:
Tengo una sorpresa para ti,hemos hallado a tus padres,no murieron como todos suponíamos,ellos
sobrevivieron a la matanza en tu pueblo,hemos realizado todas las verificaciones y no tenemos duda.Ellos están en la habitación contigua,han venido por ti.Santiago no podía creer lo que escuchaba,su cabeza daba vueltas,no sabia si reír o llorar,su corazón iba a estallar, De pronto la puerta se abrió ý como mágica aparición ahí estaban sus padres a quienes creía muertos,un abrazo confundió a la familia. Somos tus padres,fueron sus palabras,nos escondimos para evitar las represalias de los terrucos,vivíamos en las punas esperando que se acabe la guerra sucia. Te hemos buscado durante años,teníamos la esperanza de hallarte vivo,la Doctora nos encontró en Huamanga y nos dio la noticia de tu paradero,a ella le debemos este milagro,ahora te hemos encontrado,recuperaremos el tiempo perdido,comenzaremos una nueva vida. Terminó nuestro calvario. Nadie dijo nada,en el aire se oían sollozos y se respiraba un sentimiento nacido del dolor y la ternura.
EL CHASCO/ ,CUENTO
EL CHASCO
Era Navidad,mi madre se quitó el delantal y se sentó con nosotros alrededor de la mesa, mi padre dio los buenos deseos y marcó el inicio de la esperada cena pascual. Norma, mi única hermana, y yo nos miramos en silencio y empezamos a saborear el chocolate caliente y el oloroso pe- dazo de panetón. Mi madre sonreía discretamente y mi padre de reojo nos miraba. Ese era nuestro frugal festejo, no obstante, la felicidad del nacimiento del Niño nos envolvía con su magia.En un lugar de nuestra es- trecha sala, el pesebre,ya descubier -to, con una luz tenue anunciaba la buena nueva.Habían llegado los Re -yes Magos. En las otras casas del vecindario,en el viejo callejón de La Victoria, popular distrito donde viví- amos, ocurría lo mismo. Cada fami -lia compartía la familiar cena. Al lle -gar la hora cero, en el barrio sonaba el ulular ruidoso de una sirena y en el cielo retumbaban los multicolores fuegos artificiales, Uno que otro niño traviesamente reventaba sus cohete- cillos. Todo era parte del regocijo festivo. La vieja tradición navideña renovaba los votos cristianos.
Yo sabía que esa noche iba a ser di- ferente, ya en la cama , nunca me pu- se la ropa de dormir, esperé que mi hermana caiga rendida.La oscuridad de la noche era total, de repente es- cuché un leve silbido, eran Delfín y Edmundo ,mis amigos de correrías con quienes según lo planeado cum- pliríamos un soñado reto. Esa noche pretenderíamos realizar una hazaña que nos convertiría en héroes del barrio, Nuestro idea era bañarnos después de la medianoche en la Laguna del Parque de La Cabaña y traer algunas aves a nuestras casas. Como no había otra oportunidad tenía que ser precisamente esa noche de Navidad.
El Parque de La Cabaña llamada también Parque de Los Patos, situa -do en Lima Metropolitana, casi en el límite con el distrito de La Victoria, cerca a la Plaza Grau y el Estadio Nacional. era un lugar de distracción para todos los visitantes.Ahí estaba Radio Victoria, donde al mediodía se difundía la música criolla con la par -ticipación de los mejores solistas y conjuntos de música criolla. La gente acudía en gran número y en el peque- ño auditorio todos disfrutaban de los éxitos del momento. Al costado de la emisora estaba el renombrado teatro La Cabaña donde señeras figuras del arte escénico actuaban siempre. Par- te del sitio también era utilizado co -mo depósito municipal. El inmenso parque era una zona de descanso para las familias, ahí los niños reto -zaban en su libre albedrío y los adul- tos se entregaban a un plácido des -canso, el lugar estaba poblado de frondosos árboles y multicolor floresta, pero la gran atracción era la gran laguna con sus vistosos botes en los cuales la gente gozaba reman- do y visitaba los islotes que la Muni -cipalidad utilizaba como almácigos y criadero de patos, gansos y palomas. Durante la noche el parque era el pa -raíso de los enamorados de una Lima que respiraba un sano roman- ticismo.
Seguro de que mis amigos me espe -raban impacientes por mi tardanza, me apresuré a salir sigilosamente, antes me cercioré que mi hermana estaba vencida por el sueño. Me deslicé calladamente por la única ventana de mi casa y pronto estuve con mis compañeros de aventura.
El parque estaba a unas diez cuadras del barrio, cruzamos las viejas y an- chas quintas de la Nueva Lima, los rieles del tranvía en el Paseo de la República y al fin llegamos a nuestro destino. Como era Nochebuena los guardianes estaban ausentes y con las sombras de la noche comenza -mos la esperada tarea. Edmundo y yo, nos metimos a nado en la laguna, Delfín se quedó cuidando la ropa. De dos brazadas llegamos a los islotes y preparamos los costalillos para guardar las aves atrapadas y con ellas dar testimonio de nuestra proeza.Para sorpresa no hallamos los gansos y patos,así que tuvimos que resignarnos a cargar palomas. De todas maneras, ya habíamos cumplido con el gran proyecto, ya no nos importaba la aves, al día siguien- te toda la patota del barrio celebraría nuestra hazaña. Seríamos los héroes del vecindario.Todo se desarrollaba según lo planeado. Ya de regreso a la orilla donde nos esperaba Delfín es -cuchamos a lo lejos agudos y pene -trantes silbidos que desaprobaban nuestra prohibida presencia,eran dos policías que se habían percatado del hecho.Temeroso aceleré mi nado, con el susto solté en el agua los costalillos con las palomas y no supe que suerte corrieron, así tuve tiempo de recoger mi ropa y huir como alma que persigue el diablo. Edmundo ,que nadaba con más len- titud, no tuvo la misma suerte,al lle- gar al borde de la laguna fue atrapa- do por los custodios que se reían a carcajadas al verlo desnudo,temblan- do de miedo y de frío. Delfín en me -dio de la agitación no esperó y se escapó llevándose las prendas del pillado Edmundo. Muy apurado des- pués de ponerme la ropa me encon -tré con Delfín en el camino, corrimos como nunca y llegamos al barrio. Todo estaba en silencio. Sólo en la esquina algunos parroquianos con- versaban tomando algunas cervezas. Nadie notó nuestra presencia y cada quien se fue a su casa.Al llegar me deslice en silencio y pasé inadverti -do. La familia dormía plácidamente. Delfín fue a la casa de Edmundo y arrojó por la ventana la ropa de éste. Entretanto, reventado en llanto y cu -bierto por un abrigo, nuestro desa -fortunado camarada fue llevado a la Comisaría.
Ese día mi despertar estuvo lleno de remordimientos, temía lo peor. Papa Noel había cumplido con su trabajo, me había dejado dos revólveres con sus respectivas cartucheras, mi her- mana acariciaba su mejor muñeca; no obstante, esa felicidad navideña era superada por mis pesares. Esa mañana mi padre tuvo una feliz idea, toda la familia iría a casa de unos tíos a pasar el resto del día. Sin quererlo se convertía en un bálsamo momentáneo para mis preocupacio- nes. No hubo necesidad de repetír- melo, me vestí de prisa y como nun- ca estaba listo y hasta peinado. Mi madre fue la más sorprendida. Llegamos a la casa de los tíos y no tuve un buen día, para mí fueron ho- ras de sobresaltos y en mi acusadora fantasía me veía preso en la cárcel con mis compañeros de infortunio.
Aquel 25, muy temprano, la madre de Edmundo al notar la ausencia de su hijo dio el grito al cielo estaba deses- perada, lo peor era que al encontrar la ropa arrojada por la ventana pensó lo peor, para colmo en el vecindario nadie daba cuenta de su paradero.Ya estaba por ir a la Comisaría cuando llegaron dos policías acompañando al desaparecido, según cuentan, nuestro amigo estaba asustado por la paliza que le esperaba, sollozaba y su rostro solo reflejaba una cándida inocencia.La madre recibió una enér- gica reprimenda por no tener cuida- do con el inquieto niño. Edmundo había declarado en la Comisaría que solo habíamos ido a bañarnos en la laguna,como no había evidencias de otro hecho, los guardias no quisieron indagar y consideraron a la ocurren -cia como una atrevida travesura na- videña. Luego de marcharse los cus- todios, Edmundo, tratando de ganar- se las indulgencias de su madre, le contó quienes habían sido sus cóm plices en aquella fatídica noche. Mi padre al enterarse de nuestra desa- tinada empresa,sin contemplaciones y muy a la antigua me hizo sentir su desazón en mis posaderas, regalo navideño que aún recuerdo.
Después de algunos días de encierro obligado y cumplidas las peniten -cias, me encontré con mis amigos de aventura y decidimos no contarle a nadie la verdad de lo ocurrido, pero como en las vecindades con paredes de quincha, todo se sabe , cuando jugábamos al trompo en la acera de la calle los amigos decían burlona -mente,. ¡Al agua patos!.