Transcurría el año 1996, como todos
los domingos en las tardes descan- saba en casa. Anabel, mi hija mayor,
entró a la sala donde yo veia TV, ella
me dijo que no podía estudiar porque
el fluorescente titilaba y había que comprar un nuevo arrancador, me levanté del sillón y así como estaba, con short y sandalias fui a comprar al vendedor ambulante en la Av. Abancay, a tres cuadras de nuestra casa. Después de adquirir el repues- to tuve que cruzar la concurrida Av Grau, ahí al observar que la luz verde me favorecía ,atravesé la pista por el crucero peatonal, de pronto un omnibus repleto de pasajeros dio vuelta y me atropelló arrojándome al piso, el fuerte golpe hizo que levanta- ra mis pies, los cuales se engancha- ron en el parachoque posterior para arrastrarme algunos metros. El vehí -culo no llevaba mucha velocidad , pero al estar lleno de pasajeros el conductor no pudo observar a los transeúntes. Sin embargo, el grito de la gente hizo que detuviera al ómni -bus. Yo estaba en el suelo obnubila -do desangrándome con la piel del pie hecha jirones. Un guardia de Tránsito intervino al anciano chófer y más le
importó extenderle una papeleta que preocuparse de mi estado calamito-
so. A pocos metros del accidente, mi esposa Amparo y mi hija menor Ana- li, regresaban de compras del merca- do y vieron de casualidad el atropello
al darse cuenta que la víctima era yo,
conmocionadas gritaron y consigui-
ron detener a un vehículo policial que
me trasladó al Hospital Dos de Mayo,
mi esposa subió al auto y me acom- pañó a emergencia del nosocomio, mi hija fue a alertar a la familia del
incidente.
Ya en el hospital, los médicos se
dieron cuenta que la piel del empeine y del talón del pie derecho estaban arrancados y colgaban a punto de desprenderse, al momento me envol- vieron con vendas y me inyectaron analgésicos y antibióticos, luego me tomaron radiografías para determi -nar fracturas y lesiones internas. Mi pie izquierdo también tenía lesiones pero de menor gravedad. Mi esposa muy nerviosa trataba de darme áni- mos, yo aún con el shock me encon- traba adormecido y ya comenzaba a sentir dolor.Pese a toda mi turbación escuché a una enfermera hablar so -bre la posibilidad de una amputación, comentario que me traumó aún más. Al rato, llegaron mis hijos mayores y tuvieron que esperar porque me ha -bían pasado a la sala de descanso.A la hora llamaron a mi esposa y le dijeron que la situación no ameritaba amputación, pero si había necesidad de una cirugía de injerto. Nos volvió el alma al cuerpo.
Entretanto, detuvieron al conductor
del omnibus para luego liberarlo des- pués de firmar un documento donde se hacía responsable de todos los gastos a través de la Compañia de Seguros La Positiva. Mi esposa tenía ese trajín diario, ella receta en mano tenía que ir a la aseguradora para hacer efectivos los montos de la farmacia. A los pocos días se hizo la cirugía de transplante, me sacaron piel de mis muslos y nalgas colocán- dola en las partes afectadas.El trata- miento de recuperacion tardó 6 meses, de los cuales 2 pasé en el Hospital y los restantes en casa con tratamiento ambulatorio y rehabilita-ción, yo inmovilizado dependiente, en cama pie alzado, luego silla de ruedas y baston, medicamentos, dieta, con licencia de trabajo y mi familia afectada en todo sentido.
Se siguió juicio al chófer y a la Em- presa de Transportes, pero la indem- nización fue tan ridícula, monto del cual teníamos que pagar al abogado, por lo que apelamos para una recon- sideración lo que nunca se resolvió hasta que prescribió.
La operación no dejó secuela loco- motriz, pero si cicatrices y un trauma que aún perdura.Lo que nunca me faltó en estos días fue el profundo amor de mi familia que en todo momento me apoyaron en mi desgracia.