lunes, 14 de diciembre de 2020

LA CALLE/ CUENTO.

                                                             LA CALLE

Mi nombre es Carlos, aunque los que me conocen de siempre me dicen Calicho.Nunca supe la razón del apelativo, pero me imagino que fue para evitar la confusión ya que mi abuelo y mi padre también tenían mi nombre. Mi barrio siempre ha sido el distrito de La Victoria,, es una zona muy popular y presumo que por el carácter de su gente,sus tradiciones, y su dinámica social multiétnica , se le conoce como" la Rica Vicky". Durante  la década del 60 ,corrían mis años de mozalbete y la inquietud natural de esa edad me llevó a explo- rar el mundo desconocido fuera del callejón que me vio nacer. La necesi -dad abre puertas y los mandados de mi madre me  enseñaron nuevos ca- minos.Así conocí la tienda de abarro- tes, la lechería adonde llevabas  tú porongo para que con medida te vertieran la leche fresca,también iba a la panadería del japonés y la verdu- lería de Don Juan Cangalaya, todo estaba cerca,era un pequeño mundo alrededor de la 4ta de Raimondi. No obstante, mi ingreso a la secundaria me permitió ampliar mi perspectiva callejera. Tenía once años. Ahora ca-minaba hasta el Paseo de La Repú- blica frente a Radio Victoria y al Parque La Cabaña, ahi tomaba el tranvía eléctrico que me llevaba al colegio, aún no se construía la Vía Expresa. Dicho viaje me permitía conocer nuevos lugares aunque solo de pasada, además la experiencia estudiantil hizo que mi mundo creciera en todo sentido.El tiempo transcurría inexorablemente, como no habia TV, nuestro entretenimiento en casa eran los programas radiales infantiles. Mi madre  escuchaba "El Derecho de Nacer ", ella adoraba al personaje central Alberto Limonta al cual nunca vio pero la atraía su melo- sa voz,  al terminar su radionovela, mi vieja me daba permiso para escuchar el western  "Poncho Negro", programa preferido de todos mis amigos de la vecindad, después de escuchar trotes y balas radiales iba a resolver mis tareas del colegio, mi madre con el rabo del ojo estaba siempre viendo el cumplimiento de mi sagrado deber. Con el tiempo mis padres consintieron que los sábados y domingos fuera  a jugar en la acera de la cuadra con la "patota" del barrio, aunque habían limitaciones, pues estaba prohibido  ir al barrio Rojo que quedaba a una cuadra y al que llamaban Huatica. Los días libres nos reuníamos para hacer correr las bolas y embocarlas en los "ñocos"; ahí bailábamos los trompos para tronarlos entre sí y llevarlos a la cocina del juego. La orilla de la calle era el escenario perfecto para jugar "la canga", "el mundo" y "el culebrón". Algunas veces las vecinas echaban agua al piso de la acera para frustrar nuestra diversión, porque según ellas el alboroto rompía su paz. Ese era nuestro festivo trajinar.  Por cierto, gran parte de la tarde y también de la noche la dedicábamos a la "pichanga pelotera". En aquel entonces los carros asomaban de vez en cuando, así que el balón discurría a todo dar, sin embargo, nuestra mayor preocu -pación era la llegada de los" tombos" quienes nos correteaban para quitar- nos la pelota y evitar el juego en la pista, que decían era prohibido.  La verdad es que ignorando cualquier riesgo  la "collera", estaba dispuesta al inicio del partidito, todo estaba acondicionado en la cancha pistera, ladrillos servían de  arcos, jugába -mos con pelota de trapo,sin réferi, todos corriendo dentro de demarca -ciones imaginarias, eso si,  jugando con lealtad, fraternidad y amor propio. Los más diestros con el balón estaban en equipos diferentes,ellos regían y armaban sus equipos para comenzar la "pichanga" que fue nuestro juego preferido y nos marcó de por vida,porque el juego también nos sirvió para aprender que se puede ganar y perder. Ya en la noche ,terminada la faena, íbamos al caño que tenia el callejón y nos lavábamos para poder ingresar a nuestras casas y recibir la acostumbrada monserga materna. Ahí estaban mis amigos, Aguadito Torosentado, Pesadilla, El Flaco Delfín y Ojoñahui, con ellos desperté de la inocencia puber, con ellos, aprendí a jugar con trompos, bolitas, chapitas y  pelotas de trapo ,así en el bullicioso vecindario junto al cine Splendid, dimos los primeros pasos en aquello que la gente entendida dice "calle".