EL CHASCO
Era Navidad,mi madre se quitó el delantal y se sentó con nosotros alrededor de la mesa, mi padre dio los buenos deseos y marcó el inicio de la esperada cena pascual. Norma, mi única hermana, y yo nos miramos en silencio y empezamos a saborear el chocolate caliente y el oloroso pe- dazo de panetón. Mi madre sonreía discretamente y mi padre de reojo nos miraba. Ese era nuestro frugal festejo, no obstante, la felicidad del nacimiento del Niño nos envolvía con su magia.En un lugar de nuestra es- trecha sala, el pesebre,ya descubier -to, con una luz tenue anunciaba la buena nueva.Habían llegado los Re -yes Magos. En las otras casas del vecindario,en el viejo callejón de La Victoria, popular distrito donde viví- amos, ocurría lo mismo. Cada fami -lia compartía la familiar cena. Al lle -gar la hora cero, en el barrio sonaba el ulular ruidoso de una sirena y en el cielo retumbaban los multicolores fuegos artificiales, Uno que otro niño traviesamente reventaba sus cohete- cillos. Todo era parte del regocijo festivo. La vieja tradición navideña renovaba los votos cristianos.
Esa noche ,Norma y yo teníamos otra agitación infantil, sabíamos que el Viejo Noel nos visitaría.Temprano habíamos colocado nuestros zapa- tos cerca a la ventana con la inocen- te seguridad que ahí nos dejarían los ansiados regalos. Después de la ce- na nuestros padres acostumbraban conversar largo rato, nosotros íba- mos a la cama. Probablemente, cuando el sueño nos había vencido, ellos buscarían en su lecho el justo reposo esperando un animoso despertar.
Yo sabía que esa noche iba a ser di- ferente, ya en la cama , nunca me pu- se la ropa de dormir, esperé que mi hermana caiga rendida.La oscuridad de la noche era total, de repente es- cuché un leve silbido, eran Delfín y Edmundo ,mis amigos de correrías con quienes según lo planeado cum- pliríamos un soñado reto. Esa noche pretenderíamos realizar una hazaña que nos convertiría en héroes del barrio, Nuestro idea era bañarnos después de la medianoche en la Laguna del Parque de La Cabaña y traer algunas aves a nuestras casas. Como no había otra oportunidad tenía que ser precisamente esa noche de Navidad.
El Parque de La Cabaña llamada también Parque de Los Patos, situa -do en Lima Metropolitana, casi en el límite con el distrito de La Victoria, cerca a la Plaza Grau y el Estadio Nacional. era un lugar de distracción para todos los visitantes.Ahí estaba Radio Victoria, donde al mediodía se difundía la música criolla con la par -ticipación de los mejores solistas y conjuntos de música criolla. La gente acudía en gran número y en el peque- ño auditorio todos disfrutaban de los éxitos del momento. Al costado de la emisora estaba el renombrado teatro La Cabaña donde señeras figuras del arte escénico actuaban siempre. Par- te del sitio también era utilizado co -mo depósito municipal. El inmenso parque era una zona de descanso para las familias, ahí los niños reto -zaban en su libre albedrío y los adul- tos se entregaban a un plácido des -canso, el lugar estaba poblado de frondosos árboles y multicolor floresta, pero la gran atracción era la gran laguna con sus vistosos botes en los cuales la gente gozaba reman- do y visitaba los islotes que la Muni -cipalidad utilizaba como almácigos y criadero de patos, gansos y palomas. Durante la noche el parque era el pa -raíso de los enamorados de una Lima que respiraba un sano roman- ticismo.
Seguro de que mis amigos me espe -raban impacientes por mi tardanza, me apresuré a salir sigilosamente, antes me cercioré que mi hermana estaba vencida por el sueño. Me deslicé calladamente por la única ventana de mi casa y pronto estuve con mis compañeros de aventura.
El parque estaba a unas diez cuadras del barrio, cruzamos las viejas y an- chas quintas de la Nueva Lima, los rieles del tranvía en el Paseo de la República y al fin llegamos a nuestro destino. Como era Nochebuena los guardianes estaban ausentes y con las sombras de la noche comenza -mos la esperada tarea. Edmundo y yo, nos metimos a nado en la laguna, Delfín se quedó cuidando la ropa. De dos brazadas llegamos a los islotes y preparamos los costalillos para guardar las aves atrapadas y con ellas dar testimonio de nuestra proeza.Para sorpresa no hallamos los gansos y patos,así que tuvimos que resignarnos a cargar palomas. De todas maneras, ya habíamos cumplido con el gran proyecto, ya no nos importaba la aves, al día siguien- te toda la patota del barrio celebraría nuestra hazaña. Seríamos los héroes del vecindario.Todo se desarrollaba según lo planeado. Ya de regreso a la orilla donde nos esperaba Delfín es -cuchamos a lo lejos agudos y pene -trantes silbidos que desaprobaban nuestra prohibida presencia,eran dos policías que se habían percatado del hecho.Temeroso aceleré mi nado, con el susto solté en el agua los costalillos con las palomas y no supe que suerte corrieron, así tuve tiempo de recoger mi ropa y huir como alma que persigue el diablo. Edmundo ,que nadaba con más len- titud, no tuvo la misma suerte,al lle- gar al borde de la laguna fue atrapa- do por los custodios que se reían a carcajadas al verlo desnudo,temblan- do de miedo y de frío. Delfín en me -dio de la agitación no esperó y se escapó llevándose las prendas del pillado Edmundo. Muy apurado des- pués de ponerme la ropa me encon -tré con Delfín en el camino, corrimos como nunca y llegamos al barrio. Todo estaba en silencio. Sólo en la esquina algunos parroquianos con- versaban tomando algunas cervezas. Nadie notó nuestra presencia y cada quien se fue a su casa.Al llegar me deslice en silencio y pasé inadverti -do. La familia dormía plácidamente. Delfín fue a la casa de Edmundo y arrojó por la ventana la ropa de éste. Entretanto, reventado en llanto y cu -bierto por un abrigo, nuestro desa -fortunado camarada fue llevado a la Comisaría.
Ese día mi despertar estuvo lleno de remordimientos, temía lo peor. Papa Noel había cumplido con su trabajo, me había dejado dos revólveres con sus respectivas cartucheras, mi her- mana acariciaba su mejor muñeca; no obstante, esa felicidad navideña era superada por mis pesares. Esa mañana mi padre tuvo una feliz idea, toda la familia iría a casa de unos tíos a pasar el resto del día. Sin quererlo se convertía en un bálsamo momentáneo para mis preocupacio- nes. No hubo necesidad de repetír- melo, me vestí de prisa y como nun- ca estaba listo y hasta peinado. Mi madre fue la más sorprendida. Llegamos a la casa de los tíos y no tuve un buen día, para mí fueron ho- ras de sobresaltos y en mi acusadora fantasía me veía preso en la cárcel con mis compañeros de infortunio.
Aquel 25, muy temprano, la madre de Edmundo al notar la ausencia de su hijo dio el grito al cielo estaba deses- perada, lo peor era que al encontrar la ropa arrojada por la ventana pensó lo peor, para colmo en el vecindario nadie daba cuenta de su paradero.Ya estaba por ir a la Comisaría cuando llegaron dos policías acompañando al desaparecido, según cuentan, nuestro amigo estaba asustado por la paliza que le esperaba, sollozaba y su rostro solo reflejaba una cándida inocencia.La madre recibió una enér- gica reprimenda por no tener cuida- do con el inquieto niño. Edmundo había declarado en la Comisaría que solo habíamos ido a bañarnos en la laguna,como no había evidencias de otro hecho, los guardias no quisieron indagar y consideraron a la ocurren -cia como una atrevida travesura na- videña. Luego de marcharse los cus- todios, Edmundo, tratando de ganar- se las indulgencias de su madre, le contó quienes habían sido sus cóm plices en aquella fatídica noche. Mi padre al enterarse de nuestra desa- tinada empresa,sin contemplaciones y muy a la antigua me hizo sentir su desazón en mis posaderas, regalo navideño que aún recuerdo.
Después de algunos días de encierro obligado y cumplidas las peniten -cias, me encontré con mis amigos de aventura y decidimos no contarle a nadie la verdad de lo ocurrido, pero como en las vecindades con paredes de quincha, todo se sabe , cuando jugábamos al trompo en la acera de la calle los amigos decían burlona -mente,. ¡Al agua patos!.
Yo sabía que esa noche iba a ser di- ferente, ya en la cama , nunca me pu- se la ropa de dormir, esperé que mi hermana caiga rendida.La oscuridad de la noche era total, de repente es- cuché un leve silbido, eran Delfín y Edmundo ,mis amigos de correrías con quienes según lo planeado cum- pliríamos un soñado reto. Esa noche pretenderíamos realizar una hazaña que nos convertiría en héroes del barrio, Nuestro idea era bañarnos después de la medianoche en la Laguna del Parque de La Cabaña y traer algunas aves a nuestras casas. Como no había otra oportunidad tenía que ser precisamente esa noche de Navidad.
El Parque de La Cabaña llamada también Parque de Los Patos, situa -do en Lima Metropolitana, casi en el límite con el distrito de La Victoria, cerca a la Plaza Grau y el Estadio Nacional. era un lugar de distracción para todos los visitantes.Ahí estaba Radio Victoria, donde al mediodía se difundía la música criolla con la par -ticipación de los mejores solistas y conjuntos de música criolla. La gente acudía en gran número y en el peque- ño auditorio todos disfrutaban de los éxitos del momento. Al costado de la emisora estaba el renombrado teatro La Cabaña donde señeras figuras del arte escénico actuaban siempre. Par- te del sitio también era utilizado co -mo depósito municipal. El inmenso parque era una zona de descanso para las familias, ahí los niños reto -zaban en su libre albedrío y los adul- tos se entregaban a un plácido des -canso, el lugar estaba poblado de frondosos árboles y multicolor floresta, pero la gran atracción era la gran laguna con sus vistosos botes en los cuales la gente gozaba reman- do y visitaba los islotes que la Muni -cipalidad utilizaba como almácigos y criadero de patos, gansos y palomas. Durante la noche el parque era el pa -raíso de los enamorados de una Lima que respiraba un sano roman- ticismo.
Seguro de que mis amigos me espe -raban impacientes por mi tardanza, me apresuré a salir sigilosamente, antes me cercioré que mi hermana estaba vencida por el sueño. Me deslicé calladamente por la única ventana de mi casa y pronto estuve con mis compañeros de aventura.
El parque estaba a unas diez cuadras del barrio, cruzamos las viejas y an- chas quintas de la Nueva Lima, los rieles del tranvía en el Paseo de la República y al fin llegamos a nuestro destino. Como era Nochebuena los guardianes estaban ausentes y con las sombras de la noche comenza -mos la esperada tarea. Edmundo y yo, nos metimos a nado en la laguna, Delfín se quedó cuidando la ropa. De dos brazadas llegamos a los islotes y preparamos los costalillos para guardar las aves atrapadas y con ellas dar testimonio de nuestra proeza.Para sorpresa no hallamos los gansos y patos,así que tuvimos que resignarnos a cargar palomas. De todas maneras, ya habíamos cumplido con el gran proyecto, ya no nos importaba la aves, al día siguien- te toda la patota del barrio celebraría nuestra hazaña. Seríamos los héroes del vecindario.Todo se desarrollaba según lo planeado. Ya de regreso a la orilla donde nos esperaba Delfín es -cuchamos a lo lejos agudos y pene -trantes silbidos que desaprobaban nuestra prohibida presencia,eran dos policías que se habían percatado del hecho.Temeroso aceleré mi nado, con el susto solté en el agua los costalillos con las palomas y no supe que suerte corrieron, así tuve tiempo de recoger mi ropa y huir como alma que persigue el diablo. Edmundo ,que nadaba con más len- titud, no tuvo la misma suerte,al lle- gar al borde de la laguna fue atrapa- do por los custodios que se reían a carcajadas al verlo desnudo,temblan- do de miedo y de frío. Delfín en me -dio de la agitación no esperó y se escapó llevándose las prendas del pillado Edmundo. Muy apurado des- pués de ponerme la ropa me encon -tré con Delfín en el camino, corrimos como nunca y llegamos al barrio. Todo estaba en silencio. Sólo en la esquina algunos parroquianos con- versaban tomando algunas cervezas. Nadie notó nuestra presencia y cada quien se fue a su casa.Al llegar me deslice en silencio y pasé inadverti -do. La familia dormía plácidamente. Delfín fue a la casa de Edmundo y arrojó por la ventana la ropa de éste. Entretanto, reventado en llanto y cu -bierto por un abrigo, nuestro desa -fortunado camarada fue llevado a la Comisaría.
Ese día mi despertar estuvo lleno de remordimientos, temía lo peor. Papa Noel había cumplido con su trabajo, me había dejado dos revólveres con sus respectivas cartucheras, mi her- mana acariciaba su mejor muñeca; no obstante, esa felicidad navideña era superada por mis pesares. Esa mañana mi padre tuvo una feliz idea, toda la familia iría a casa de unos tíos a pasar el resto del día. Sin quererlo se convertía en un bálsamo momentáneo para mis preocupacio- nes. No hubo necesidad de repetír- melo, me vestí de prisa y como nun- ca estaba listo y hasta peinado. Mi madre fue la más sorprendida. Llegamos a la casa de los tíos y no tuve un buen día, para mí fueron ho- ras de sobresaltos y en mi acusadora fantasía me veía preso en la cárcel con mis compañeros de infortunio.
Aquel 25, muy temprano, la madre de Edmundo al notar la ausencia de su hijo dio el grito al cielo estaba deses- perada, lo peor era que al encontrar la ropa arrojada por la ventana pensó lo peor, para colmo en el vecindario nadie daba cuenta de su paradero.Ya estaba por ir a la Comisaría cuando llegaron dos policías acompañando al desaparecido, según cuentan, nuestro amigo estaba asustado por la paliza que le esperaba, sollozaba y su rostro solo reflejaba una cándida inocencia.La madre recibió una enér- gica reprimenda por no tener cuida- do con el inquieto niño. Edmundo había declarado en la Comisaría que solo habíamos ido a bañarnos en la laguna,como no había evidencias de otro hecho, los guardias no quisieron indagar y consideraron a la ocurren -cia como una atrevida travesura na- videña. Luego de marcharse los cus- todios, Edmundo, tratando de ganar- se las indulgencias de su madre, le contó quienes habían sido sus cóm plices en aquella fatídica noche. Mi padre al enterarse de nuestra desa- tinada empresa,sin contemplaciones y muy a la antigua me hizo sentir su desazón en mis posaderas, regalo navideño que aún recuerdo.
Después de algunos días de encierro obligado y cumplidas las peniten -cias, me encontré con mis amigos de aventura y decidimos no contarle a nadie la verdad de lo ocurrido, pero como en las vecindades con paredes de quincha, todo se sabe , cuando jugábamos al trompo en la acera de la calle los amigos decían burlona -mente,. ¡Al agua patos!.