martes, 1 de diciembre de 2020

LA VECINA/ CUENTO.

LA VECINA.
Vivíamos en un gran solar, aún no
salíamos a la calle, éramos niños que jugábamos en la vecindad hasta cansarnos de la vitalidad y algarabía  propia de nuestra edad, a veces jugábamos a las canicas o al yas, para ello buscábamos suelos lisos donde podíamos deslizar con comodidad nuestras diestras manos. Sin duda el mejor lugar de toda la vecindad era frente a la puerta de la Sra. Domitila, noble anciana , inquilina del departamento B, su piso era impecable, pulcro y lustroso, ideal para que arrodillados juguemos a nuestro entero y regalado gusto. A todos los vecinos les gustaba vernos retozar en ese rincón del vecindario, menos a la Sra.Domitila, que se quejaba de nuestro bullicio y del daño que le hacíamos a su piso. Ella para mostrar su disgusto salía a la puerta, nos lanzaba una monserga represiva,  y nosotros con el rabo entre las piernas corríamos a  escondernos a un mejor sitio, luego ella echaba petróleo a nuestro lugar favorito y evitaba así nuestra diaria presencia. Era sin duda, una actitud egoísta de la sexagenaria mujer. La patota como respuesta mostró su molestia con travesuras malignas como tocarle la puerta y desaparecer ensuciarle el piso o echarle papeles por debajo de su puerta, eran muestras evidentes de nuestra  indignación infantil. Ella se quejó a nuestros padres, quienes nos casti-garon severamente, no pudiendo salir de casa durante una semana y nos prohibieron acercarnos a la puerta de la solitaria vecina. La paz quedó sellada en aras de la armonía de la comunidad. Era Adviento. Cerca a la Navidad todo el vecindario se prepa- raba para darle la bienve -nida al hijo de Dios, las casas se adornaban con decoraciones que anunciaban a Cristo entrando a nuestro mundo. La Sra Domitila no era ajena a ésto, ella armaba un singular nacimiento en la sala de su casa, en él brillaban  el retablo de la Sagrada Familia, los Reyes Magos, los pastores y uno que otro anima -lito, todo como  parte del mágico renacer; completaban la alegoría cristiana el infaltable árbol  navideño y la iluminación multicolor.
El día 24 la señora abría de par en par la puerta de su casa para que el
vecindario la visitará y la felicitara 
por su devota muestra de amor al 
Señor. Era una tradición en el solar. Aquella noche los vecinos visitaron  el hermoso nacimiento y elevaron juntos una oración por la alegría de la Navidad. Fue cuando la Sra Domi- tila advirtió que no había ningún niño en la sala, preguntó por nosotros y los padres casi en coro le dijeron que les estaba prohibido acercarse a su casa. Aquella noche los villancicos no tuvieron la alegría de siempre, so-
bró chocolate y panetón. Los niños
estábamos ausentes. Recién la Sra Domitila comprendió su actitud egoísta y trató de entender nuestra  traviesa conducta infantil.  Concluida la visita la anciana no pudo disimular su tristeza.                                  Cuando llegó el Día de la Bajada de Reyes la señora invitó a los vecinos para la tradicional ceremonia de despedida al Niño Dios.Tal vez  para ella era un acto de contricción, lo cierto es que la sala de la matrona de la Quinta estaba llena de los devotos padres y madres de la vecindad. Todo comenzó con una oración, los padrinos tomaron al niño para despedirlo según la costumbre y en esos momentos, el rostro de la Sra Domitila, se iluminó, en la entrada de la puerta todos los niños de la vecindad cantábamos los villancicos navideños, asistíamos en pleno a la "Manifestación del Niño" en señal de amnistía, ella presurosa abrió las puertas y entramos a la casa con nuestra alegría a cuestas, dándole amor y color a la fiesta de Jesús. Domitila con sus ojos muy abiertos derramaba lágrimas como pidiendo perdón.
TULIPAN/  Nov, 2020.