Las procesiones tienen una larga historia en las diferentes culturas y prácticas religiosas. En el contexto cristiano, las procesiones se originaron en la Edad Media como una forma de expresar la fe y la devoción, así como conmemorar hechos importantes que implicaban desfiles de fieles que recorrían las calles llevando imágenes, reliquias, símbolos religiosos y hasta autos de fe y delegaciones eclesiásticas.
La procesión del Señor de los Milagros tiene su origen en Lima, capital del Perú, durante el Siglo XVII, cuando un violento terremoto ocurrido el 13 de noviembre de 1655 destruyó gran parte de la ciudad, dejando intacto un mural de un Cristo Crucificado pintado en el año 1651 en una pared de adobe por un negro esclavo llamado Benito de Angola o Pedro Dalcón, imagen situada en una casona de la zona del barrio de Pachacamilla, fuera de la amurallada Lima, el hecho fue considerado como milagroso y el Cristo comenzó a ser venerado. El Virrey Conde de Lemos, Pedro Antonio Fernández de Castro, dispuso la construcción de una ermita provisional para proteger la imagen y a los visitantes.
El 20 de octubre de 1687 otro fuerte sismo azotó Lima y derribó la ermita, pero nuevamente el mural de la imagen del "Cristo Moreno" quedó en pie, lo que acrecentó el culto. De inmediato el Mayordomo de la Ermita Sebastián de Antuñano ordenó se pintara una replica del Cristo en un lienzo, obra que una vez concluida pasearon en procesión por la Plaza Mayor de Lima, desde entonces, la demostración de fervor religioso al milagroso Cristo se repitió cada 18 y 28 del mes de octubre, y excepcionalmente en otras fechas, cada vez con mayor concurrencia.
La procesión del Señor de los Milagros es la más mayor expresión del catolicismo en el Perú y la más grande muestra colectiva de fe y religiosidad periódica en el planeta, imagen nombrada por el gobierno como "Patrono de la Espiritualidad Religiosa Católica en el Perú" , cuyo culto se ha extendido a más de 200 ciudades del mundo donde los residentes peruanos y también extranjeros dan muestras de su creencia en concurridas procesiones, misas, homenajes, presencia de cofradias y hermandades donde el color morado es el invitado de nuestra fe religiosa.