En nuestra época de infancia, en la Quinta donde vivíamos, las casas siempre tenían las puertas abiertas, y no se temía visitas de los amigos de lo ajeno. El domingo, muy temprano, mi padre iba con su jarra a la lecheria donde compraba por litros la blanca, olorosa y cremosa leche; luego iba a la panadería de la esquina y traía en su bolsa de tela los calentitos panes franceses, toletes o cariocas; siguiendo su rutina, en un conocido quiosco, en la esquina de la casa, compraba chicharrón, relleno y camote frito, había mucha gente en lo mismo, pero la paciencia daba premios. Mi madre después de hervir la leche y pasar el café, disponía la mesa para el clásico desayuno familiar dominical. La orden era: ¡todos en la mesa! . Nosotros, muy niños, apurados, aún con sueño, pero entusiastas y yo diria hasta hambrientos, nos sentábamos alrededor de la mesa listos para servirnos lo que se nos ofrecía. En medio de ese agradable compartir surgía la conversación familiar, siempre amena, afectiva y a veces amablemente correctiva, que casí sin darnos cuenta nos unía más. Asi eran nuestros desayunos. Como añoro ese ayer. Recordar es vivir