Desde los años 80, Lima vive una época de cambios acelerados en la oferta culinaria pública. En una ciudad desordenada y gran escasez de fuentes de trabajo, aparecen los negocios de venta ambulatoria de comida, entre ellos destacan los pintorescos carritos de desayuno al paso que dan una solucion a las necesidades matinales de los ciudadanos a la hora del ingreso a las labores; servicio elegido por su rapidez, limpieza, precios accesibles y oferta novedosa. Ya no se vende café, leche, té o chocolate, ni se ofrece pan con jamonada, se sirven nutritivas bebidas andinas como maca, soya, quinua, avena, ponche de habas, siempre con yapa, todas calientes para amenguar el frío y la necesidad de la mañana. Como complemento y al escoger, se ofrecen suculentos sanguches con huevo, sangrecita, relleno, tamal, tortilla, camote, palta, salchicha, lomito, queso, pollo, etc.
El negocio comienza muy temprano, los dependíentes con su pulcro mandil y gorra banca están prestos al despacho del primer alimento del día, los clientes son los obreros, empleados y estudiantes, que salieron de casa muy aprisa, ellos saben que muy cerca a su centro de labor funciona uno de esos huariques con ruedas que cumplen con las exigencias del BBB y que en caso necesario podrán hacer pedidos para llevar. Esa es la nueva modalidad de negocios de desayunos que atiende gran parte de la gente madrugadora, comercio que ya es rasgo de una sociedad en plena transformación.
Por otro lado, si bien es cierto cualquier ciudadano dedicado al servicio ambulante de desayunos al paso puede obtener autorizacion municipal temporal para su labor y es una solución para cierto sector de la población, también es cierto que significa un contrasentido legal y una desleal competencia para los negocios formales establecidos que expenden este tipo de servicio. Pero, ese es otro asunto que se debe tratar en otros foros.